Y entonces renací | Sobre la belleza de la muerte II

Todos sabemos lo que es la personalidad, aunque pocos sepan definirla en palabras. Sabemos que somos distintos y que algunos aspectos de nuestra vida no son tan relevantes para otros, y por el contrario, algunas personas le dan importancia a temas que a veces nos dan igual.

He observado y reconocido esas dinámicas en mí y en los demás desde hace un tiempo. Y por ello creo que nuestra propia falta de reconocimiento sobre nuestros dolores, nos hace equivocarnos con nosotros mismos.

Cuando observamos a una persona pasar por un evento doloroso en su vida que nosotros no hemos atravesado, solemos atribuirle una «doloridad» mayor por el desconocimiento de la experiencia y por la desvaloración de nuestras propias áreas sensibles.

Yo, por ejemplo, pasé mucho tiempo de mi vida sufriendo por amor. Para mí, esta área de mi vida, es la más importante. Y aún recuerdo la decepción al escuchar el típico comentario post-ruptura: «no te preocupes, no te vas a morir por ello». Más que consuelo, aportaba más amargura al asunto.

No reconocer la importancia que naturalmente tiene esta área en mí, me hizo equivocarme mucho en ella, recreando patrones observados, maneras de relacionarme con mi pareja no sanas, y teniendo una visión sesgada y, en algunos aspectos, errónea de mí misma.

Pero luego, observé si otras personas habían cometido los mismos errores. No todos: otros atribuyen mayor importancia a la seguridad económica, otros a sus relaciones amistosas, a la comida, a cualquier otra cosa.

Porque somos distintos por una razón. ¿Y si en mi vida si lo más importante para mí fuera mi casa? Las respuestas, son infinitas, aunque limitadas.

Y cuando reconocí que esta escala de importancia es la misma para todos, pero revestida de áreas y condiciones distintas. Es que finalmente, pude morir.

Porque era lo que requería. Necesitaba morir a la versión de mí que aprendió a sufrir por amor. Pero me aterraba muchísimo dejar de serlo, por más que se me prometiera un bien mayor. ¿Quién sería entonces si dejaba de ser «yo»?

Y entonces, apareció la respuesta. Dios se presentó ante mí para ofrecerme su mano durante el viaje.

Llena de ira y decepción ante mi última ruptura, quise que Él me diera una explicación: si yo había encontrado mi camino «espiritual» y se me presentaban tantas pruebas de que mis creencias eran correctas y «elevadas», ¿cómo era posible que fueran incompatibles con las creencias del amor de mi vida? ¿Cómo una «religión correcta» podía alejarme de él en lugar de acercarme?

-Porque elegiste sufrir por amor, una vez más- me contestó. -Pero esta vez, será la última.

Y para ello, debí morir. Aceptar que la cruz simbólica que todos cargamos, es distinta para cada uno. Y aceptar la mía como la vía de entrada a creencias que no buscaban ser «correctas», sino útiles. A creencias que no venían de la mente del hombre, sino del Amor de Dios.

Morí rápido. Pero el renacer no ha sido sencillo.

Pintamos al fénix como la poderosa ave que renace de las cenizas. Pero ignoramos que cuando renace, tiene que volver a crecer.

Sin embargo, ofrecerme en sacrificio tenía una clausula especial: sería la Divinidad quien me cuidara, mientras re-aprendía a Amar.

Y tuve que empezar por mí: ofrecerme disculpas por mirarme erróneamente como la mujer insatisfecha con su vida romántica basada en la comparación y la falta de valorización de aquello que Dios puso como mi puerta personal de entrada al Cielo.



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Sobre este espacio

Disfruta de tu bebida caliente favorita mientras lees sobre mi vida, mis anécdotas, reflexiones y epifanías.
Es como leer mi diario, pero mejor…

Newsletter