4 de mayo de 2019
Es cerca del mediodía y yo con escoba en mano, desconozco que mi vida está a punto de dar un giro de 300° (los otros 60° se dieron poco a poco). Sí, al final fueron 360°, los necesarios para dar la primera vuelta a la espiral ascendente (¿o primero descendió?)
Un “ya no deberíamos salir más” bastó para destrozar mi corazón. Estaba cansada de intentar una y otra vez mantener a flote mi relación. Y con ese mensaje, entendí que era mejor soltar y terminar. Me vi tirada en el piso del baño, la escoba que usaba para lavarlo, a un lado de mí, tirada empáticamente.
Durante los próximos días, el piso sería el mejor lugar para yacer, sin ánimos, sin energía, sin felicidad, sin comida en el estómago. Sólo un agujero negro devorando todo a su paso, llevándose todo atisbo de esperanza, dejándome con la duda de cómo se puede soportar un dolor así. Los amigos preguntando, siendo totalmente ajenos al sufrimiento que estaba viviendo. Mi mamá preocupada. Y yo, simplemente sobreviviendo.
Los días comenzaron a pasar, cada uno, más lento que el otro. Lloraba en el camino a mi servicio social, lloraba en el laboratorio, lloraba por las noches, lloraba por dentro y lloraba por fuera. Recuerdos llegaban a mi mente a cada segundo, sin ser invitados, sin ser deseados.
No puedo recordarlo, no puedo asegurarlo, pero es posible que haya implorado por ayuda a Dios, para que me ayudara a sobrellevar lo que aún me faltaba para poder superar al hombre que tanto me había ilusionado. Y fue así, como un día, los 60° faltantes, comenzaron a llegar.
Un vídeo: “manifiesta la versión perfecta de tu persona específica”, con una mujer de cara bastante chistosa, apareció en mi pantalla de inicio. La curiosidad y la desesperación me llevaron a reproducirlo sin dudarlo. ¡Su manera de hablar! Por Dios, fue la inyección de esperanza y fe que mi corazón necesitaba. Poco, muy poco conocía de las Leyes Universales, el mentalismo y el misticismo, pero ¿de verdad era posible cambiar a un hombre para que quisiera ser el hombre ideal? Claro que había una dicotomía en ello, ¿y el libre albedrío? Porque eso suena a completa magia negra, a un lazo kármico que me haría volver a reencarnar mil veces. Pero por otro lado, ¿qué más podía perder, si ya lo había perdido a él?
De a poco empecé a aprender las bases teóricas que sostienen a la Ley de Atracción, cosas muy básicas que no me llevaron lejos, aún ni cuando llegaron nuevas caras y nuevas perspectivas, “nuevos usos” y “nuevos ejercicios”.
Hice muchos de esos ejercicios recomendados, escribir las cosas que me dolieron de la relación y cambiarlas a una afirmación positiva, sentarme a meditar por las noches para perdonar el daño que me causó, visualizar mi nueva relación. Escribe, escribe, escribe, perdona, perdona, perdona, visualiza, visualiza, visualiza. Llegó un punto en que parecía que lo hacía mecánicamente.
Y quizás así era, porque en el fondo, seguía sin entenderlo, porque no lo entendía con el corazón, tan sólo con la mente, con la mente desesperada de una chica enamoradiza. Pero aún más que eso, era con la mente racional que todo enjuicia y mira hacia afuera. Y entonces, un día, alguien en la pantalla dijo “tienes que ser sincera contigo, ¿para qué quieres que él vuelva? ¿lo haces desde el amor o desde el dolor? quizás lo haces por venganza, para que él venga a pedirte perdón por todo lo que te hizo sentir. Y es válido, pero tienes que ser sincera”. “Desde el amor”, fue mi primera respuesta, la automática, la que nada se cuestionó.
Desde el amor yo quería volver a intentar esa relación porque yo sabía que él merecía ser amado por una mujer como yo. Digo, a fin de cuentas, mala mujer no era. Yo quería ser esa mujer, la que él necesitara en su vida. Y lo entendía así porque pensaba que yo era la que había ocasionado todo aquello, la infantil, la que todo lo bailaba igual, la que quería su atención. Y desde el amor, sabía que si quería que él volviera a mi vida, tenía que convertirme en esa mujer.
Sin saberlo entonces, fue así que hice mis primeros trabajos de sombras. Me adentré en la oscuridad interior que todos tenemos para saber por qué había actuado de manera tan “irracional” con él, para poder solucionarlo y ser esa mujer. Genuinamente, quería entenderlo todo para poder mutar, para poder “ganarme” al hombre por el que tanto había llorado.
Por Ley de Correspondencia, mis lecciones mutaron también. Empecé a aprender sobre las heridas de la infancia, aprender de superación pero sobre todo, empecé a sanar. Nada me resultó fácil, pero sabía que era un esfuerzo que tenía que hacer si quería recuperarlo. Estaba asustada de enfrentarme a partes de mí que nunca había visto o que nunca había querido ver. ¿De verdad tenía que revivir momentos dolorosos de mi pasado para poder sanarlos? ¿De verdad tenía que agradecer a aquellos que alguna vez me dañaron? ¿De verdad tenía que admitir que no era tan buena persona como creía?
Hoy, agradezco muchísimo el alma introspectiva y autosuficiente que tengo, porque sin ello, nunca hubiese logrado hacerlo sola. Y es probable que mi consciencia nunca se hubiese expandido hasta los niveles que ahora conozco, pues posiblemente sola no lo hubiese logrado.
Con el tiempo, empecé a tomar más fuerza, a conocerme mejor, a ver la vida desde otras perspectivas. De nuevo, la vida parecía ser brillante y mejor aún, parecía ser vista desde lentes de color de rosa. Ya no lloraba de camino al servicio, ahora mandaba bendiciones a todos, aprovechaba el laboratorio para leer en los ratos libres, quizás lloraba por las noches, pero ya no lloraba por dentro, ya sólo lloraba para liberar las emociones que aún tenía presas, inconscientemente en el cuerpo.
No pasó tanto tiempo cuando me di cuenta que sanando con todas las herramientas que había tenido a mi alcance ahora la vida tenía otro sabor. Ya no era la niña víctima que habían sido hasta entonces, ahora era la mujer responsable que se encargaba de darse todo a sí misma. Y más aún, había despertado a la mística que dormía dentro. Confié tanto, que ahora sabía que ese proceso que involucraba al amor y al perdón era conocido como despertar espiritual, pero que al paralelo había traído como consecuencia al despertar de consciencia. El femenino tomado de la mano del masculino para entender la vida de otra manera.
La vida era maravillosa. Había descubierto la magia y sus principios y la vida lo sabía. Yo pedía ver mariposas como prueba de fe, y mariposas llegaban en abundancia. Yo pedía señales y señales tenía. Pedí conocimiento, pero obtuve sabiduría. Tuve una conexión tan profunda, real y paradójicamente secreta con la Divinidad que ese hombre dejó de ocupar mi mente todo el tiempo. En su lugar, estaba sedienta de conocimiento, de entendimiento de los hilos con que se mueve la Realidad y de cómo nosotros como humanos podemos modificarla -para bien o para ma, consciente o inconscientemente-.
Sin embargo, seguía pensando en él, añorando. Quería saber si realmente había funcionado todo el trabajo que hice en mí y ahora podía ser la mujer que él quería, pero más aún, quería saber si él también había cambiado como consecuencia de mi proceso.
… Pero Dios tenía un as bajo la manga. Me aplicó una carta que agradezco haya jugado, pues a mi vida llegó alguien más, “después de un cucaracho, llega un buen muchacho”, según dicen. Con el tiempo pude darme el cierre definitivo a la historia que me llevó a emprender mi camino de sanación. Ahí, ya no había más que buenos recuerdos y un amor tan tan diferente, que la palabra más cercana para definirlo era agradecimiento, y no más.
En esta nueva historia amorosa, había entendimiento, había risas, había baile, había muchísimo amor. Él era eso que necesitaba y que yo no sabía. Él era la persona con la que empecé a soñar una familia.
Para entonces, yo era una persona completamente distinta de la que lloró en su baño con la escoba en la mano aquel 4 de mayo. Yo ya había dado como 5 o 6 vueltas en la espiral ascendente de la Luz. Yo quería hablar de los procesos que ocurren cuando abres -o despiertas- el corazón y la consciencia. A fin de cuentas, después de tener la opción de hacer piedra mi corazón o abrirme a sentir el amor más profundo de la vida a partir de sentir el dolor más espantoso que hasta entonces he sentido, escogí la segunda y mi derecho tenía de compartir a quien quisiera leer y escuchar. Todo ese proceso me llevó a despertar también algunos de los míticos poderes psíquicos que en algún momento creí mentiras de los mariguanos.
Pero con un nuevo entendimiento de la vida, el de que todos somos co-creadores y todos somos dioses (sin saberlo, tal vez), te haces consciente de las nuevas obligaciones y responsabilidades. Cuidar y cultivar tu mente, tu cuerpo y tu alma, seguir sanando, seguir avanzando para estar cada vez más cerca de Dios. Y yo, simplemente lo olvidé. O más bien, dejé de priorizarlo.
De algún modo, pensé que él sabría guiarme, que sabría proteger a un corazón que alguna vez sufrió y que ahora se declaraba como el más blandito de todos, que sabría proteger a una mente que cada vez despertaba más y más a otra realidad (compartida en este plano) donde La Verdad era la prioridad. Olvidé que la primera en protegerse debía ser yo.
29 de diciembre de 2024
Después de 3 años y medio de relación, vuelvo a sentir el corazón hecho pedazos. El dolor viene en oleadas, cada una más intensa que la anterior. Lloro desconsoladamente en un auto ajeno, siento odio, siento rencor, siento culpa por sentir lo que siento. Siento que me voy a morir y que no puedo más. No se suponía que las cosas terminarían así. Lloro toda la noche.
No estoy dispuesta a volver a pasar por el sufrimiento de años atrás. Recuerdo que me tengo a mí misma, que fui capaz de levantarme una vez y que seré capaz de hacerlo de nuevo. Recuerdo que no es necesario caminar la vuelta completa de la espiral, sino que puedo dar saltos para llegar más arriba cada vez. Me animo, sonrío, bailo, río… y lloro. Sale dolor, entra paz. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa.
Luego de mil vueltas a la espiral me vuelvo a preguntar, ¿lo quiero de vuelta desde el dolor o desde el amor? Pero esta vez, no hay respuesta automática. Esta vez, hay una voz, una que me empezó a guíar un día subiendo la espiral. Y la voz me dice que vaya con calma. Que pido desde ambas. “Vamos a sanar una vez más, un poco más profundo esta vez”.
Reconozco y veo dónde falló mi responsabilidad y más aún, mi obligación. Empleo las herramientas que he estado juntando todo este tiempo, le pido a los poderes y espíritus del cacao y de la miel que no me cierren el corazón y me permitan sentir felicidad de nuevo. Me lanzo al abismo de mi inconsciencia para desenmarañar la causa de la depresión que me llevó a desprotegerme. Me envuelvo en mi oscuridad para comprenderla y me doy cuenta que no es algo temible, que es un negro atercipelado. Empiezo a tomar fuerza y convertir mi dolor en oro. Escribo de nuevo. Comprendo de nuevo. Dios me toma la mano, yo me tomo la mano y es entonces cuando me llega de nuevo esa voz: “ahora sí, puedes pedir desde el amor”.
Yo quiero ser esa mujer, esa que él necesita ahora y no lo sabe. ¿Querrá él ser el hombre que necesito y que ahora ya sé?

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