El final

Poco sé del proceso real de la creación de textos literarios, pero recuerdo que en mis clases de preparatoria nos decían que todo texto debe ser iniciado con la idea que se quiere transmitir, para así, darle lugar al proceso que lleve a formarlo y hasta el final, aparece el título que sintetiza todo en unas cuantas palabras. Más tarde, en la universidad, me enseñaron a estructurar textos científicos y la manera de redactarlos es un tanto extraña, pues comienzas con el vaciado de tus datos experimentales, sigues con el análisis de los mismos y los pasos finales son la introducción y las conclusiones, y hasta el final redactar (o reestructurar) el título.
Últimamente he estado repasando lecciones de mis viejas maestras espirituales, con las que comencé a caminar en mi viaje del héroe. En especial, una de ellas me recordó una de las verdades que más me han ayudado personalmente pero que olvidé en mi caída de consciencia. Y esta verdad es vivir en el final. Comenzar por el título que resuma toda tu experiencia y el resto, dejarlo en manos de Dios (del externo, el que es más grande que tú). 

Desde entonces, he vuelto a mirar a la Realidad de manera distinta. Al momento de querer escribir el enjambre de pensamientos que tengo a cada minuto, aparecen títulos y títulos para mis escritos. Y luego, cuando comienzo a escribir es como dejar que mi alma me guíe (hace muchos años una persona muy especial para mí, me dijo que yo tenía la habilidad de dejar un pedacito de mi alma en cada escrito). 

Disfruto el rastro de tinta que deja la pluma sobre el papel, y disfruto pulsar cada tecla mientras mis dedos bailan por el teclado, formando frases, alineando pensamientos, dejando que algo más allá de mí se exprese, con la intención de experimentar y descubrirme de maneras distintas a la vez que pretendo que quien me lea se sienta acompañado en este proceso de habitar su ser humano. 

Me doy cuenta que determinar el final de una historia es otra manera de confiar plenamente en el Sagrado Masculino que todo pone en orden. Cuando un arquero determina la meta de su flecha, confía por entero en las leyes físicas que hacen que su puntería no falle, confía automáticamente en el orden natural que la polaridad masculina de la realidad es.

Y confiar es una palabra que he reintegrado a partir de experiencias recientes. Me atreví a abrir mi cajita de Pandora, para averiguar qué había fallado en el proceso y siento que las mil cosas que encontré pude confiarlas al Sagrado Masculino que me compone y da orden, para descubrir dolores, patrones de pensamiento y comportamiento, ideologías y herencias que venía activando de manera automática. Así que fijé la intención, determiné el final de la historia donde me victimizaba por el reflejo físico de mi realidad interna.

Ha sido así como en un corto periodo de tiempo empecé a sanar heridas que no sabía (o no recordaba) que tenía. Me volví a levantar con toda la valentía que he acumulado a lo largo de los años y abracé mi realidad, la física y la interna. Me reconcilié conmigo misma y me agradecí por las experiencias dolorosas que tuve que pasar para ser la persona que hoy soy (y la que seré).

Confié en mi poder creador para decidir el final de esta historia de dolor y victimización y ahora, confío en el poder del Creador para navegar fluida, feliz y libremente hacia ese final deseado.



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