Me quiero morir | Sobre la belleza de la muerte

“Para los místicos, la belleza de la vida, reside en entender la belleza de la muerte.” -Alguien, quizás yo lo me lo acabo de inventar.
“Todo es dual; todo tiene polos; todo su par de opuestos; los semejantes y desemejantes son los mismos; los opuestos son idénticos en naturaleza, difiriendo sólo en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semiverdades, todas las paradojas pueden reconciliarse.” -El Kybalion, Hermes Trismegisto.

-“Me quiero morir”- le dije.
-…-

-”Me quiero morir”- le repetí
-…¿Lo dices en serio?- preguntó al fin.
-…No lo sé…- En ese momento hubieron dos voces en mi interior, una diciendo que sí, y otra diciendo que no. Decidí escuchar a la que decía que sí, decidí darle luz a esa sensación tan desagradable que habia estado cargando por mucho tiempo. Y lo que descubrí al dejarla hablar, fue genuinamente sanador. Llevaba tiempo queriendo morir, pero no de manera literal, sino metafórica. Así como el Fénix renace de las cenizas, así necesitaba dejarme consumir por completo hasta que el fuego diera paso a algo más.

Cuando emprendí mi camino espiritual, le tenía mucho miedo a la muerte, como suele ser natural. Pero con el paso del tiempo y con mucha consciencia pude comenzar a verla de otra manera, llegando a comprenderla como parte natural e imprescindible de la vida. En la naturaleza, la muerte da lugar a más vida. Cuando un cuerpo es abandonado en la naturaleza, hay seres que se alimentan de él. Carroñeros llevando alimento a sus crías, hongos asimilando nutrientes para compartirlos a través de las micorrizas. Vida alimentándose de la muerte.

Morir, es dar lugar a un proceso más allá de uno mismo. Llega un momento en que dejamos de ser, físicamente, niños y nos convertimos en adolescentes y luego adultos. Y aunque el momento de transición no es plenamente marcado, sí que es visible. Pero ese niño que fuimos, no está más. Nuestras moléculas, nuestros átomos que nos acompañaron en aquellos años ya no forman parte de nosotros.

Morir, es la otra cara de la moneda. Así como la serpiente deja ir su piel vieja (su piel muerta), para tener una nueva en la cual sentirse más cómoda, así necesitaba morir. Necesitaba dejar atrás aquello que ya no era más, lo que ya no necesitaba o no era bueno para mí.

Necesité morir, dejarme morir. Hacer el “sacrificio humano”, y matar lo que quedaba de mí y lo que siempre se resiste a irse: el ego. Mi ego lloró, suplicó, se enojó, gritó y dio batalla, pero yo esperé pacientemente para hablar con él y prometerle que todo iba a estar bien, que en realidad, no iba a desaparecer, sino que iba a tomar lo que fue para darme vida, y luego, volverlo a la vida. “Voy a tomar este plomo en que te has convertido, para volvernos oro”, le dije. “Vamos a quemarnos juntos en el dolor para darle paso, por fin, a la felicidad. Así como en el pasado lo hemos hecho”

Y entonces abrí los ojos, ya todo había pasado. Sentí de nuevo mi poder recorrerme. Volví a escuchar las Palabras de mi Mente, volví a hablar con la Vida. Dios me abrazó y me dejó llorar, continuar el luto por las cosas que fui y con las que me identifiqué por algún tiempo. Le pregunté qué iba a pasar ahora, y me dijo que eso dependía de mí, de lo que autenticamente quisiera. “Lo quiero a él”, le dije, “¿pero él me quiere lo suficiente para escucharme?”.
Su respuesta: “él te quiere en la medida que Tú lo quieras, y si él no está dispuesto a escucharte, quizás esté dispuesto a leerte”.

Tuve que morir para volver a Darme Vida. Tuve que morir para volver a Darle Vida.



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